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Los catalanes: ‘La levadura’ de la colonia montevideana

Thomas S. Harrington

El campo de los estudios sobre la cultura catalana de ultramar es, a pesar de los muchos esfuerzos valiosos llevados a cabo durante las ultimas dos décadas, todavía en su infancia. Los campos quizás más “cubiertos” han sido: a) el exilio catalán en México b) las comunidades catalanas de Cuba y c) y en la medida que se ha podido conectar con el tema del exilio literario, las comunidades catalanas en Chile.

El espacio probablemente más abandonado de la historia de la cultura catalana de ultramar es el Uruguay, país donde, paradójicamente, la incidencia de apellidos catalanes en el espacio público es quizás más evidente que en cualquier otro lugar del nuevo mundo, sobre todo en el ámbito de las capas económicos, sociales y creativos más altos del país. Que sería la cultura uruguayo sin Rodó, Torres García, Xirgu y la dinastía de los Batlle, para mencionar sólo algunos de los muchísimos ejemplos de catalanes, o descendentes directos de catalanes, que han contribuido enormemente a la construcción de la cultura de país?

Hay muchas razones por este gran vacío histórico, varios de los cuales he analizado en otros lugares. Una es la naturaleza esencialmente jacobina del discurso nacional uruguayo, cosa que dificulta la percepción allí de cualquier incongruencia real entre el concepto de la nación y el concepto del estado. Otra es cierta necesidad psicológica entre los uruguayos—que, por cierto, no cuadra muy bien con la realidad de la emigración catalana al país--de retratar a los “españoles” como seres culturalmente subalternos, eso es, como si fueran todos “paletos gallegos”, eso es, gente con un nivel cultural generalmente inferior (por lo menos en el momento de su llegada) al que poseían los nativos del país. También ha sido un factor la mitología muy extendida de que ha habido una gran influencia francesa en el desarrollo del país, cosa que ha conducido a la necesidad de valorar muy entusiásticamente a los inmigrantes vascos por ser, por lo menos en el caso de varios de los que llegaron en la primera mitad del siglo XIX, ciudadanos “franceses”.

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