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Revista Encuentros Latinoamericanos, nro.10/11, año IV, diciembre 2010

 

 

Porfirio Díaz y la modernización porfirista

Felipe Arturo Ávila Espinosa(1)

Resumen
El gobierno de Porfirio Díaz estableció una prolongada época de paz y estabilidad política en México después de varias décadas de guerras civiles y guerra contra los Estados Unidos y Francia. La política de modernización económica de Porfirio Díaz se basó en promover la inversión extranjera, crear una amplia infraestructura y construir una amplia red de ferrocarriles en el país. En la agricultura, el modelo se basó en la gran propiedad terrateniente y en el sometimiento de los pueblos campesinos. Uno de los ejes de esa política agrícola fue la ofensiva contra la propiedad comunal de la tierra campesina. Durante el gobierno de Porfirio Díaz se privatizaron casi 40 millones de hectáreas de los pueblos campesinos, una cuarta parte del territorio nacional. Ese proceso de privatización de la tierra fue un proceso diferenciado por regiones, al igual que la subordinación por las grandes haciendas de los pueblos y de la mano de obra campesina. El descontento rural que provocó esa privatización de la tierra fue una de las causas que influyó directamente en el estallido de la revolución de 1910 encabezada por Francisco I. Madero. Sin embargo, la ideología construida por los ganadores de la revolución creó una imagen satanizada del gobierno de Díaz que no corresponde con la realidad, como lo han mostrado los estudios más recientes sobre la evolución del mundo rural durante el Porfiriato.

 

Abstract
The government of Porfirio Díaz established a prolonged period of peace and political stability in Mexico after decades of civil war and the wars of Mexico against the United States and France. The policy of economic modernization of Porfirio Diaz was based on promoting foreign investment, creating an extensive productive infrastructure and building an extensive rail network in the country. In agriculture, the model was based on the large landed property and the subordination of the peasant villages. One of the axis of that agricultural policy was the offensive against communal ownership of rural land. During the government of Porfirio Diaz was privatized nearly 40 million hectares of rural people, a quarter of the country. This process of land privatization was regionally differentiated, as well as the subordination of the great estates of the peoples and peasant labor. Rural discontent cause by the privatization of land was one of the reasons that influenced the outbreak of the 1910 revolution led by Francisco I. Madero. However, the ideology built by the winners of the revolution created a demonized image of the Diaz that does not correspond with reality, as shown by recent studies on the development of rural society during the Porfirio Díaz regime.

Key words

Mexico Porfirio Díaz, Land privatization, communal ownership, Mexican Revolution

Resumen
El gobierno de Porfirio Díaz estableció una prolongada época de paz y estabilidad política en México después de varias décadas de guerras civiles y guerra contra los Estados Unidos y Francia. La política de modernización económica de Porfirio Díaz se basó en promover la inversión extranjera, crear una amplia infraestructura y construir una amplia red de ferrocarriles en el país. En la agricultura, el modelo se basó en la gran propiedad terrateniente y en el sometimiento de los pueblos campesinos. Uno de los ejes de esa política agrícola fue la ofensiva contra la propiedad comunal de la tierra campesina. Durante el gobierno de Porfirio Díaz se privatizaron casi 40 millones de hectáreas de los pueblos campesinos, una cuarta parte del territorio nacional. Ese proceso de privatización de la tierra fue un proceso diferenciado por regiones, al igual que la subordinación por las grandes haciendas de los pueblos y de la mano de obra campesina. El descontento rural que provocó esa privatización de la tierra fue una de las causas que influyó directamente en el estallido de la revolución de 1910 encabezada por Francisco I. Madero. Sin embargo, la ideología construida por los ganadores de la revolución creó una imagen satanizada del gobierno de Díaz que no corresponde con la realidad, como lo han mostrado los estudios más recientes sobre la evolución del mundo rural durante el Porfiriato.


Palabras clave

Mexico Porfirio Díaz, privatización de la tierra, propiedad comunal, Revolución Mexicana

 


Estabilidad y Modernización

 

Muy pocos personajes, en la historia de México, han sido tan polémicos y controvertidos como Porfirio Díaz. Muy pocos, también, han experimentado en vida su transformación de héroes nacionales, en villanos repudiados por muchos de quienes antes los exaltaban. Porfirio Díaz es uno de esos excepcionales personajes que pasó de ser una de las glorias nacionales, vencedor de los ejércitos franceses durante la Intervención y el artífice de la más prolongada etapa de paz, estabilidad y crecimiento durante el siglo XIX mexicano, a ser visto como un dictador déspota y tirano, responsable principal del atraso, sufrimiento y marginación de la mayoría de la población mexicana y causa directa del estallido social revolucionario de 1910.

Esta última imagen es la que ha prevalecido en la mayor parte de la historiografía sobre el periodo que gobernó y al que la misma historiografía dio su nombre, el Porfiriato. Los vencedores de don Porfirio, los revolucionarios mexicanos, crearon su propia versión de la historia y construyeron una ideología que les dio legitimidad a partir de la negación y anulación del Porfiriato. En esa visión predominante en el México posrevolucionario que ha prevalecido hasta la fecha, Porfirio Díaz era la encarnación del mal gobernante, creador de un régimen autoritario y represivo, con las manos manchadas de sangre y la responsabilidad histórica de haber entregado las riquezas del país y el poder político a una camarilla oligárquica, asociada con los capitales extranjeros.2 Con matices, esa fue la interpretación prevaleciente en la historiografía de la Revolución mexicana, desde la construcción periodística de John Kenneth Turner hasta la mayoría de los estudios académicos elaborados todavía en la década de 1970.

En contrapartida, desde las postrimerías del Porfiriato hubo una historiografía proporfirista laudatoria y panegirista, que exaltó la paz, la estabilidad y el orden alcanzados por el régimen, elementos que permitieron los notables logros materiales creados durante su larga permanencia en el poder. Díaz aparecía en esa historiografía como el constructor de la nación mexicana, como el arquitecto del progreso y el artífice de la modernidad que se había ganado el reconocimiento y el respeto de México ante el mundo. Esa interpretación partió desde la monumental obra colectiva México, su Evolución Social, dirigida por Justo Sierra, y se nutrió con las obras de destacados intelectuales porfiristas como el propio Justo Sierra y Francisco Bulnes, y continuó con los trabajos apologéticos de extranjeros como Hubert H. Bancroft y James Creelman, autor éste de Díaz, Master of Mexico, libro publicado en inglés en 1911.3 Esa historiografía proporfirista fue opacada durante decenios por la historiografía de la revolución, que construyó una visión antitética del Porfiriato, y sólo resurgió con fuerza a mediados de la década de los 80 del siglo pasado cuando aparecieron estudios que presentaban una nueva visión de Díaz y su régimen, estudios que cuestionaron seriamente la imagen de Díaz creada por la historiografía de la revolución. Esa revisión historiográfica del porfirismo ha tenido una gran vitalidad en las últimas décadas y algunos de los mejores trabajos que se han hecho sobre esa etapa y sobre los inicios de la Revolución, como el texto de François Xavier Guerra, México, del antiguo régimen a la revolución, se inscriben dentro de esta corriente interpretativa.4

Cuando estamos próximos a conmemorar el primer centenario de la caída de Porfirio Díaz y del estallido de la Revolución Mexicana, la nueva historiografía del Porfiriato debe hacer un balance histórico que se aleje de las simpatías y los odios que Díaz sigue provocando, que pondere los logros y méritos de su figura y de su obra, que sea capaz de reconocerlos y, al mismo tiempo, que valore también las deficiencias y daños que ocasionó el autoritarismo, la desigualdad social y la ausencia de libertades políticas que prevalecieron durante su mandato.

Cualquier valoración del Porfiriato debe partir del reconocimiento de que Porfirio Díaz fue, hasta su ascenso al poder, uno de los principales héroes en la lucha contra el Imperio francés y en la restauración de la República. Como gobernante, luego de décadas de inestabilidad política, guerras civiles internas y externas contra Estados Unidos y Francia que amenazaron seriamente la permanencia y la integridad de la nación mexicana, tuvo la capacidad de construir un sistema político en el que la autoridad del poder central logró someter a los caudillos y poderes regionales e imponer la hegemonía del Estado nacional por primera vez en el siglo XIX mexicano. Díaz consolidó su poder a fines de la década de 1880 imponiéndose a los caudillos militares rivales, a las elites, a los grupos populares y a los poderes regionales mediante un mecanismo de equilibrios entre las elites locales y regionales, así como a través de la presencia y la intervención del ejército y la imposición de sus hombres de confianza al frente de los poderes locales cuando era necesario. De esa manera, logró fortalecer el Estado nacional a costa de las regiones y de los poderes locales.5

La estabilidad política lograda por el régimen de Díaz fue acompañada de políticas públicas impulsadas por el Estado, que se convirtió en el principal instrumento para promover el desarrollo económico, en el motor del crecimiento y en el modernizador de las estructuras y de las relaciones sociales. Ese proyecto, que tenía por objetivo la creación de un Estado nacional laico y establecer los fundamentos de una sociedad moderna basada en los principios liberales, fue un proceso de larga duración que arrancó con las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII, continuó con altibajos durante el agitado siglo XIX promovido por las facciones liberales y, finalmente, luego de la restauración de la República y las leyes de Reforma, pudo ser realizado con mayor éxito por el régimen porfiriano. Habría entonces un proceso continuo, de larga duración, que conectaría a la época colonial con el Porfiriato basado en el paradigma liberal y que tendría en el Estado y en las políticas públicas a su eje articulador y a su principal impulsor, lo cual contradice o al menos matiza la visión tradicional en la historiografía porfirista de haber sido un Estado de laissez faire – laissez passer.6 En ese largo proceso secular, la Independencia y las guerras civiles y de Reforma, así como la guerra contra los Estados Unidos, primero, y contra Francia, después, habrían sido interrupciones temporales, en algunos casos, y catalizadores de la modernización económica, política y social, en otros. La longevidad del régimen porfirista, desde 1877 hasta 1910,, en lugar de ser indicativa de su fuerza represiva y del atraso de la sociedad mexicana, sería una muestra, más bien, de su eficacia y de su capacidad de imponer los consensos básicos entre los principales poderes nacionales y regionales y de imponer su hegemonía al conjunto de los grupos y de las clases.

Ese proceso de modernización y consolidación del Estado y de la unidad nacional, empero, no fue un proceso lineal ni exento de tensiones y contradicciones. Guerra, una vez más, ha mostrado cómo el proyecto de las elites modernizadoras tuvo un impacto disruptivo en la mayoría de la sociedad mexicana, la cual, a pesar de los avances del proyecto liberal en algunas regiones y en sectores de la población, seguía siendo una sociedad tradicional, rural, católica, con una proporción muy alta de población indígena, con una sociabilidad, politicidad y aplicación de la justicia basadas, en buena medida, en usos y costumbres, en autoridades tradicionales, en cacicazgos, con fuertes vínculos de consanguinidad y amistad y con fuertes resabios de corporativismo. Esa sociedad tradicional –acostumbrada a actuar como una multiplicidad de sujetos colectivos, de elites y sus clientelas, y de corporaciones-, era ajena y refractaria al paradigma de las elites liberales de crear una sociedad de individuos atomizados, de propietarios individuales, de ciudadanos iguales en términos formales y jurídicos ante la ley con sólidas instituciones políticas y organizaciones representativas modernas. Si algo explica la evolución y el éxito relativo del porfiriato, así como los límites y obstáculos que no pudo superar y que provocaron su caída final, fue justamente la esquizofrenia y el abismo entre el proyecto liberal de las elites y del Estado nacional y la forma de organización y de actuación de la sociedad tradicional, separación que se expresaba periódicamente, por ejemplo, con el ritual electoral, en el que las elites nacionales y locales participaban y movilizaban a sus clientelas y hacían que éstas legitimaran su elección como sus representantes políticos, proceso que Guerra, atinadamente, ha descrito como la “ficción democrática”.7

Aunque no debe exagerarse la consolidación de este proceso y su implantación en todos los ámbitos de la vida social, política, económica y cultural, era un proyecto en curso durante el largo gobierno de Díaz que provocó múltiples tensiones y resistencias a lo largo del periodo porfiriano y que estuvo en la base de la gran movilización social de 1910 que le puso fin. La energía social que se desbordó entonces se había ido acumulando a lo largo de las tres décadas anteriores y ya no pudo ser contenida como lo había sido en los años de gloria del régimen de Díaz.

Y, como lo han señalado varios de los principales estudiosos del Porfiriato, éste tuvo al menos tres etapas diferentes muy marcadas. Una primera, fue su ascenso al poder y el sometimiento de todos los poderes y caudillos regionales que lo desafiaron. Fue un periodo marcadamente militarista que se apoyó en el ejército y en la generación de generales que lo acompañaron en sus dos rebeliones contra Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, y tuvieron un papel clave al hacerse cargo de las gubernaturas estatales y de las jefaturas de las zonas militares. En esa etapa afianzó su poder nacional indiscutible y el gobierno central estuvo plenamente consolidado hacia comienzos de la década de 1890. El ejercicio del poder de Díaz, ha escrito Paul Garner, fue altamente personalista y se apoyó en la habilidad de Díaz para establecer y mantener amistades y lealtades que consolidaron una relación de patronazgo con sus fieles. Su estrategia fue debilitar paulatinamente el poder de los gobernadores y mantener el equilibrio entre los poderes y las elites regionales y no dudó en emplear al ejército para desactivar cualquier desafío a la autoridad central.8

La segunda etapa fue la de mayor esplendor del régimen de Díaz, y significó un marcado viraje con respecto a la anterior. Si en la primera había predominado la política y el control de los hombres y de las armas, en la segunda, sin grandes desafíos, lo que predominó fue la administración. Los actores decisivos ya no fueron los viejos generales porfiristas, sino la brillante generación de intelectuales orgánicos y administradores del gobierno federal, conocida como los científicos, capitaneada por José Yves Limantour y por Justo Sierra, quienes se hicieron cargo de la definición y aplicación de políticas públicas modernizadoras y desarrollistas y fueron quienes hicieron eficiente al gobierno porfiriano y legitimaron la permanencia prácticamente vitalicia de Díaz en el poder, en lo que Daniel Cosío Villegas, calificó, con agudeza, como el necesariato.9

El régimen devino dictadura y Porfirio Díaz concentró en sus manos los hilos de la política nacional y buena parte de la política local. Se rodeó de administradores competentes y obtuvo el apoyo y la adulación de los más importantes intelectuales de la época que fueron cooptados por el régimen y se volvieron sus pilares ideológicos. Uno de los más lúcidos y mordaces de ellos, Francisco Bulnes, justificando lasa reelecciones periódicas de Díaz, llegó a escribir: “El buen dictador es un animal tan raro que la nación que posee uno debe prolongarle no sólo el poder sino la vida.”10

Justo Sierra, uno de los más prominentes intelectuales porfiristas, fue quizá el que justificó con mayor claridad la concentración absoluta del poder en Díaz y, al mismo tiempo, advirtió los peligros que ello entrañaba:

La reelección significa la presidencia vitalicia, es decir, la monarquía electiva con un disfraz republicano y tiene inconvenientes supremos… el primer aspecto que no hay modo posible de conjurar el riesgo de declararnos impotentes para eliminar una crisis que puede significar retrocesos, anarquía y cosecha final de humillaciones internacionales si usted llegase a faltar, de lo que nos preserven los hados… En la República Mexicana no hay instituciones, hay un hombre; de su vida depende paz, trabajo productivo y crédito.”11

La concentración absoluta del poder en Díaz se convirtió así no sólo en el pilar del régimen sino también en su principal debilidad. La tercera y final etapa del Porfiriato comenzó con el nuevo siglo y en ella afloraron las limitaciones y contradicciones generadas en las etapas anteriores. A diferencia de los periodos previos, en los que Díaz había tenido la habilidad de establecer equilibrios y contrapesos con los distintos poderes y elites regionales, en la etapa final se inclinó por los científicos, a los que confió no solo la administración sino también la política, haciendo a un lado a poderosos grupos y corrientes nacionales, el más importante de los cuales fue sin duda el reyismo. El régimen porfirista envejeció junto con su líder, se fue anquilosando, perdió la permeabilidad y capilaridad política de los años previos y se agudizó su carácter excluyente, Díaz mismo se fue quedando solo ante la desaparición física y el envejecimiento de la generación con la que había conquistado el poder. La administración pública monopolizada por los científicos careció de la sensibilidad y habilidad política para resolver los nuevos desafíos creados por la modernización y fue rebasada por la conjunción de factores como el crecimiento de las clases medias urbanas, la movilización de los trabajadores, la protesta de elites regionales desplazadas y el desafío de las oposiciones políticas que, en un amplio espectro, reclamaron nuevos espacios y enarbolaron demandas que no pudieron ser canalizadas por el sistema político. Además, como todos los regímenes autoritarios y personalistas, el sistema político porfiriano no pudo resolver el problema de la sucesión de Díaz y no estaba preparado para manejar su relevo de manera institucional y pacífica y esa incapacidad e incertidumbre tuvieron un papel relevante ante los signos de senectud y enfermedad de Díaz y las respuestas insuficientes que dio a los desafíos inéditos originados por el reyismo y el maderismo entre 1908 y 1910. A ello se sumaron los efectos de la crisis económica de 1906-1908 no sólo en el país, sino también en los Estados Unidos, que arrojó al desempleo a miles de mexicanos que laboraban en el vecino país, los cuales se vieron obligados a regresar y se convirtieron en un elemento de presión al no encontrar trabajo e ingresos en la alicaída economía nacional. La imposibilidad de resolver la sucesión de Díaz dividió y enfrentó a los dos grandes grupos políticos nacionales, los reyistas y los científicos y ante esa división surgieron un personaje y un movimiento inéditos y atípicos: Madero y el antirreeleccionismo. Madero, cuya familia era una de las más acaudaladas del país, resultó ser un líder carismático y arrojado, que no se había formado dentro del sistema político porfiriano y no respetaba sus reglas y prácticas y tuvo la capacidad de aglutinar y canalizar el descontento de una vasta coalición multiclasista y multirregional que, luego de una exitosa campaña y movilización electoral se convirtió en una rebelión rural que rebasó al régimen porfiriano y le puso fin en sólo 6 meses a un régimen que parecía invencible y que demostró su fragilidad. Esa etapa final del Porfiriato, paradójicamente, como lo ha señalado Paul Garner, en la que el régimen fue rebasado por las demandas, movilizaciones y desafíos de nuevos actores y grupos, se convirtió en la imagen prevaleciente en la historiografía revolucionaria, que construyó una leyenda negra del Porfiriato y legitimó su dominación a partir de la negación y superación del régimen de Díaz.12

Dentro de ese panorama general del Porfiriato deben destacarse también algunos aspectos particulares sobre los que se ha escrito mucho y en los que las nuevas investigaciones matizan muchos de los juicios y visiones anteriores del régimen de Díaz y que ayudan a comprender mejor todo el periodo.

El campo, las haciendas y las comunidades campesinas

Tradicionalmente se ha sostenido que durante el Porfiriato tuvo lugar un proceso de desarrollo del capitalismo en el campo basado en la gran propiedad hacendaria, proceso que había comenzado desde la colonia y se había agudizado durante el siglo XIX, como consecuencia de la ofensiva del liberalismo contra las tierras de las comunidades campesinas. Las leyes de Reforma, a través de la desamortización de las tierras de la iglesia y de las comunidades indígenas, así como las Leyes de Baldíos porfirianas, habrían sido las puntas de lanza de esa ofensiva cuyo resultado habría sido la concentración de las mejores, más productivas y fértiles tierras en manos de unos cuanto hacendados, quienes habrían acaparado también la utilización de los mejores recursos acuíferos del país. Esa imagen prevaleciente en la mayor parte de la historiografía porfirista y revolucionaria, sin embargo, ha sido matizada por las investigaciones monográficas de las últimas décadas sobre la evolución agraria de las distintas regiones. Lo que han mostrado esos estudios regionales más recientes ha sido un proceso mucho más complejo y diferenciado del desarrollo de la propiedad rural tanto en la época colonial como en el siglo XIX.

Así, se ha podido establecer que, luego de la despoblación indígena de las zonas centrales del territorio novohispano, como consecuencia del impacto de la conquista española y de las enfermedades traídas desde el viejo mundo, y de la desaparición de numerosas comunidades indias, los colonos españoles particulares y las órdenes mendicantes ocuparon buena parte de esos espacios vacíos en el siglo XVI. Sin embargo, con la recuperación demográfica del XVII y el XVIII, las poblaciones indígenas y mestizas quisieron reocupar sus antiguos asentamientos, por lo cual dio inicio una larga batalla secular en los tribunales agrarios en la que los pueblos indios defendieron su propiedad original de las tierras que habitaban. El resultado de esa lucha, en términos generales, significó la pérdida legal de sus tierras para la mayoría de las comunidades campesinas, las cuales se vieron obligadas a desplazarse hacia las zonas periféricas, áridas o boscosas, aunque siguieron reclamando sus derechos de propiedad originales. En ese proceso, emergió la gran propiedad hacendaria como el factor dominante en el agro novohispano. No obstante, eso no significó la desaparición de las comunidades campesinas, muchas de las cuales lograron conservar al menos parte de sus tierras y de sus recursos naturales, mientras que otras establecieron una relación simbiótica con las haciendas a través de la renta o arrendamiento de una parte de ellas y del empleo estacional de la mano de obra campesina en las grandes explotaciones agrícolas y ganaderas. En algunas regiones, los pueblos pudieron reconstituirse y se dio también un crecimiento y desarrollo de pequeñas y medianas propiedades agropecuarias, conocidas como ranchos, en zonas densamente pobladas como el Bajío. De hecho, desde mediados del siglo XIX y el fin del Porfiriato hubo un crecimiento notable en el número de pueblos en el país, particularmente en las zonas más pobladas y con mayor dinamismo.13

En el siglo XIX, el proyecto liberal de las elites mexicanas acentuó su ofensiva contra la propiedad colectiva, considerada como la base de la sociedad estamental. Aunque algunos pueblos desaparecieron y otros perdieron la posesión de sus tierras, no puede afirmarse, de acuerdo con la información disponible en los estudios más recientes del agro en el siglo XIX y durante el Porfiriato, que en ese periodo haya tenido lugar un proceso masivo de despojo de la propiedad agraria de los pueblos, aunque es indiscutible que en algunas regiones eso ocurrió, pero no fue un despojo generalizado. Se ha sostenido que durante el régimen de Díaz las compañías deslindadoras privatizaron 39 millones de hectáreas que fueron a parar en manos de especuladores y terratenientes. Empero, Holden, quien ha sido el único que ha estudiado a nivel nacional ese proceso de deslinde, ha mostrado que sólo 40% de las compañías recibió terrenos y que muchos de los pueblos cuyas tierras fueron denunciadas se defendieron legalmente, ganando los litigios. Los pueblos indígenas no estuvieron indefensos y supieron hacer uso de los recursos legales que tenían a su disposición. Del mismo modo, muchos pueblos ofrecieron una tenaz resistencia, oponiéndose violentamente a la pérdida de sus tierras y lograron mantener la posesión de ellas. El extremo de esa resistencia fueron las rebeliones indígenas y campesinas que tuvieron lugar en el periodo porfirista, las más emblemáticas de las cuales fueron las de los indios yaquis y mayos, así como los mayas de Yucatán.14

La imagen de las haciendas porfirianas como instituciones feudales que mantenían en condiciones de semiesclavitud a los peones acasillados y ejercían derechos señoriales sobres sus cuasi-siervos, difundida por la novela, la pintura y el cine de la Revolución, es una imagen que no corresponde al campo mexicano de la época, si bien en algunas fincas del sureste, en regiones como Oaxaca, Chiapas y Yucatán, la escasez de mano de obra hizo que los dueños establecieran mecanismos coactivos de sometimiento de la fuerza de trabajo y ocurrió también una guerra de exterminio y una deportación masiva de indígenas yaquis y mayos de Sonora y Sinaloa hacia los campos henequeneros de Yucatán, en donde fueron enganchados a duras faenas agrícolas en condiciones de extrema precariedad.

Sin embargo, el desarrollo de la agricultura capitalista en el país adquirió diversas modalidades según las distintas regiones, cultivos, tipos de propiedad, tecnologías, escalas y mercados. En el campo morelense, por ejemplo, arquetípico por ser la zona en la que surgió y arraigó el zapatismo, el movimiento agrario por antonomasia de la revolución mexicana, en contraposición a la visión tradicional de una rebelión agraria de peones y campesinos sin tierra exasperados por los despojos de las grandes haciendas azucareras, los estudios más recientes han mostrado no un despojo tradicional, sino la cancelación de la posibilidad de que las comunidades campesinas pudieran seguir rentando las tierras marginales de las haciendas, en virtud de la modernización productiva que éstas tuvieron y de la ampliación del mercado del azúcar. Los campesinos zapatistas, al menos en un primero momento habrían sido entonces no campesinos desposeídos de sus tierras, sino arrendatarios privados de la posibilidad de seguir rentando tierras de las haciendas.15

Las haciendas, demonizadas también por la historiografía de la revolución, en los nuevos estudios monográficos, aparecen más bien como una institución compleja, capitalista, vinculada a los mercados, en vías de modernización y eficiencia productiva, integrada económicamentey en la que, a pesar de todo, seguían existiendo relaciones patriarcales y paternalistas con sus trabajadores, quienes tenían estabilidad laboral e ingresos superiores a muchos de los campesinos libres. Esa condición relativamente favorable en términos comparativos explicaría, al menos en parte, que en distintas regiones y periodos de la revolución, los trabajadores y peones de las haciendas no se hubieran sumado a la revolución y que, al contrario, hubieran tomado las armas para combatir junto con sus amos a las fuerzas revolucionarias.16

Inversamente, los nuevos estudios han mostrado cómo la visión tradicional de los pueblos como entidades holísticas con una gran homogeneidad y cohesión era una imagen romántica que no correspondía a la realidad de los pueblos en los que la estratificación de sus habitantes, la polarización de la riqueza y del poder, los conflictos, las rivalidades y la competencia tanto al interior como al exterior de las poblaciones eran factores presentes desde tiempo atrás que impiden la generalización e idealización de sus habitantes y cuyas complejidades y diferencias explicarían, también, sus comportamientos, estrategias y alianzas diferenciados antes y después de la revolución.

Con todos estos elementos se advierte lo difícil que es hacer clasificaciones demasiado generales, así como juicios maniqueos sobre el desarrollo del campo durante el porfiriato y sobre sus principales actores e instituciones. Algunas conclusiones, empero, pueden aventurarse dentro de este amplio mosaico de variedades regionales. En primer lugar que estaba en curso una vía de desarrollo del capitalismo agrario basado en la gran propiedad hacendaria pero no en formas extensivas de explotación de la tierra y en el rentismo, sino en formas intensivas de utilización de los factores productivos, incluyendo inversiones en capital, modernización tecnológica y de transportes, creación de infraestructura hidráulica y una fuerte tendencia hacia la utilización de mano de obra asalariada así como la apertura de tierras marginales para nuevos cultivos comerciales en auge y para la ganadería. Las haciendas más productivas hacia el final del periodo porfirista no fueron las más grandes sino las que pudieron integrarse productivamente y hacer un uso más eficiente de todos esos factores.17

Esa tendencia de desarrollo del capitalismo basada en la gran propiedad agrícola fue quebrada por la revolución mexicana, que anuló la viabilidad de la hacienda y abrió el paso para una forma de desarrollo del capitalismo agrario híbrida, que combinó la vía farmer con el resurgimiento de la economía campesina comunal y ejidal, a la que el nuevo artículo 27 de la Constitución proclamada en Querétaro en 1917 le dio un segundo impulso de largo plazo que le permitió tener un papel protagónico, aunque menguante, a lo largo del siglo XX.18

 


Recibido: octubre 24 de 2010

Aceptado: noviembre 11 de 2010


1 Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM

2 Como ha señalado Enrique Krauze en su breve y polémico escrito “Diez mentiras sobre Porfirio Díaz”, la historia oficial suprimió al Díaz héroe de la Patria, triunfador sobre los franceses y recogió solamente la del dictador, Krauze, Enrique, Revista Proceso, vol. 822, México, 3 de agosto de 1992.

3 Sierra, Justo (director literario), México, su Evolución Social, 3 vols., México, J. Ballescá, 1900-1902; Bulnes, Francisco, El verdadero Díaz y la revolución mexicana, México, Eusebio Gómez de la Fuente, 1920; Bancroft, Hubert H., Life of Porfirio Díaz, San Francisco, The History Co. Publications, 1887, Creelman, James Díaz, Master of Mexico, Nueva York, D. Appleton and Co., 1911.

4 Entre las obras más destacadas que ofrecieron una nueva visión de Díaz y el Porfiriato están: Cosío Villegas, Daniel, Historia Moderna de México, México, Editorial Hermes, 10 vols., 1955-1972; Guerra, François Xavier, México, del antiguo régimen a la revolución, México, FCE, 2 vols., 1988; y Garner, Paul, Porfirio Díaz del héroe al dictador, México, Planeta, 2003.

5 Guerra, François Xavier, op.cit., tomo I. pp. 74-125.

6 Enrique Krauze, ha señalado que el Estado liberal porfiriano si bien dentro del paradigma político del liberalismo no entendió ni resolvió la cuestión social, aplicó políticas sociales en materia de salud y servicios públicos que no se pueden desdeñar, véase Krauze, “Diez mentiras…”, op. cit.

7 Véase la primera parte del libro citado de Guerra, denominada “Ficción y realidad de un sistema político” y especialmente los capítulos “III. Vínculos y solidaridades”, y “IV. Pueblo moderno y sociedad tradicional”, Guerra, op. cit., tomo I, pp. 29-245; Garner, Paul, op. cit., pp. 86-90.

8 Garner llama a la primera etapa del Porfiriato como la del liberalismo pragmático, y subraya que entonces Díaz tuvo un “claro compromiso con los principios liberales puros”, op. cit., pp. 80-86 y 90-95.

9 Ver el análisis que hace Álvaro Matute “A cien años, Porfirio Díaz”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, vol. 7, 1979, pp. 189-193; Guerra, op. cit., t. I, pp. 378-395. Garciadiego Dantán, Javier, Introducción histórica la Revolución mexicana, México, SEP - El Colegio de México, 2006, pp. 7-12.

10 Francisco Bulnes, citado en Krauze, Enrique, “Porfirio Díaz. El ascenso del mestizo,” Siglo de Caudillos, México, Tusquets, 6ª reimpresión, 2005, p. 320.

11 Krauze, Enrique, Siglo de caudillos, op. cit. p. 320.

12 Guerra, op. cit., t. II, pp. 79-96 y 101-325; Garciadiego, op. cit., pp. 12-19. Paul Garner ha señalado que la interpretación del Porfiriato se hizo con una óptica distorsionada de su última etapa, con lo que se acentuaron sus fallas y debilidades y se opacaron sus logros. En esa etapa final, las respuestas del régimen de Díaz ante los desafíos fueron “inadecuadas, insuficientes, anacrónicas y represivas y evidenciaron su fragilidad, pero no fueron representativas de todo lo que había sido el Porfiriato, véase Garner, op. cit., pp. 193-195.

13 English Martin, Cheril, Rural Society in Colonial Morelos, Albuquerque, University of New Mexico Press, pp. 23-94, 110-116, 163-169, 1985; Crespo, Horacio, "La diferenciación social del campesinado. Una perspectiva teórica", tesis de maestría en estudios latinoamericanos, México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1981, p. 160, y "La hacienda azucarera del estado de Morelos: modernización y conflicto", tesis de doctorado en estudios latinoamericanos, México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1996, pp. 13-14, 143-180, 422-475; Ávila Espinosa, Felipe, Los orígenes del zapatismo, México, El Colegio de México, 2001, pp. 50-68.

14 Guerra, op. cit., tomo II, pp. 263-266, 269-273 y 179-282; Garner, op. cit., p. 187-190; Holden, R., Mexico and the Survey of Public Lands: the Management of Modernization, 1876-1911, DeKalb, Northern Illinois University Press 1994.

15 Crespo, Horacio, “La hacienda…” op. cit., pp. 350-366 y 422-475.

16 Katz, Friedrich, La servidumbre agraria en la época de Díaz, México, ERA, 1980.

17 Crespo, Horacio, “La hacienda,...” op. cit., pp. 336-343, 372-382 y “La diferenciaciòn...”, op. cit., pp. 136-146; Ávila Espinosa, Felipe op.cit., pp. 74-82, Enrique Florescano, “La reinterpretación del siglo XIX”, en El Nuevo pasado mexicano, México, Cal y Arena, 1991, pp. 58-59.

18 Knight, Alan, The Mexican Revolution, 2 vols., 1986, Lincoln, University of Nebraska Press, vol. 1, pp. 5-32.